
🐢 Cada vez se habla más de la 𝗰𝘂𝗹𝘁𝘂𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗶𝗻𝗺𝗲𝗱𝗶𝗮𝘁𝗲𝘇. La idea de que ser productivo es estar siempre haciendo, entregando, avanzando. Y cada vez hay más voces que relacionan esa lógica con el agotamiento que arrastramos.
▶️ El sociólogo Hartmut Rosa lo llama 𝗮𝗰𝗲𝗹𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹: la velocidad se ha convertido en la vara con la que medimos casi todo, también el valor de lo que hacemos. Cuanto más rápido, mejor, sea lo que sea.
▶️ La socióloga Judy Wajcman lleva décadas estudiando la relación entre tiempo, trabajo y tecnología, y plantea que la sensación de ir siempre con prisa no la provoca la tecnología en sí, sino las prioridades que decidimos poner por delante, como sociedad y como organizaciones.
𝗡𝗼 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝘀𝘁𝗶𝗻𝗼, 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗲𝗹𝗲𝗰𝗰𝗶𝗼́𝗻, aunque no siempre se sienta así. Y esa aceleración social que desarrolla Rosa, o esa elección de la que nos habla Wajcman, chocan frontalmente con los tiempos que demanda la investigación social, donde hay procesos que no se pueden acelerar.
Construir la confianza suficiente con una persona para que cuente lo que de verdad piensa requiere tiempo. Una categoría de análisis no aparece en la primera lectura, sino en la tercera o la cuarta, cuando empiezas a ver qué se repite y qué no encaja. Y cada hipótesis que se descarta es parte de cómo se llega a una conclusión bien razonada y sólida.
Si comprimes esos tiempos, no obtienes el mismo trabajo más rápido, sino otra cosa normalmente peor: menos verificada, más parecida a lo que ya se esperaba encontrar antes de mirar. Desde fuera, esos tiempos de dar un paso atrás para pensar, dudar y volver a mirar pueden parecer que “no se avanza”. Desde dentro, es la parte del trabajo que hace que lo que entregamos después tenga algún valor. En nuestra casa intentamos cuidarlo, aunque cueste explicarlo en una propuesta técnica:
💭 𝗲𝗹 𝘁𝗶𝗲𝗺𝗽𝗼 𝗱𝗲 𝗽𝗲𝗻𝘀𝗮𝗿 𝗻𝗼 𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲 𝗲𝗻 𝗻𝗶𝗻𝗴𝘂́𝗻 𝗰𝗿𝗼𝗻𝗼𝗴𝗿𝗮𝗺𝗮 𝗼 𝗽𝗹𝗮𝗻 𝗱𝗲 𝘁𝗿𝗮𝗯𝗮𝗷𝗼, 𝗽𝗲𝗿𝗼 𝗲𝘀𝘁𝗮́ 𝗲𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗻𝘂𝗲𝘀𝘁𝗿𝗼𝘀 𝗽𝗿𝗼𝘆𝗲𝗰𝘁𝗼𝘀.
