
Me llama la atención cómo hablamos de generaciones y trabajo. Como nos etiquetamos y como generamos o mantenemos estereotipos usando esas etiquetas.
Se dice que los centennials no quieren hacer del empleo el centro de su vida. Que no están dispuestos a asumir grandes niveles de esfuerzo si el salario, la estabilidad o el reconocimiento no acompañan.
También escucho a muchos millennials (lo dicen ellos, no yo) hablar desde el lugar de “los adultos” del mercado laboral: quienes tienen experiencia, cansancio acumulado y una mirada propia sobre el propósito, la ambición o el equilibrio.
Y todo eso puede ser cierto en parte. Pero en esa conversación falta algo: antes de ellos seguimos estando otras generaciones.
La Generación X, mi generación, por ejemplo, no estamos “sentados desde la orilla” viendo lo que pasa. Seguimos aquí. Trabajando, aprendiendo, adaptándonos, incorporando tecnología, sosteniendo equipos y tomando decisiones.
No creo que los centennials “no quieran trabajar”. Tampoco creo que los millennials sean automáticamente la voz más adulta del mundo laboral. Ni que la Generación X o los Baby Boomers estemos fuera del relato. Por eso me cuesta aceptar algunas lecturas demasiado rápidas, por eso vamos al dato.
De hecho, la evolución reciente del empleo muestra que el mercado laboral en España no se está rejuveneciendo por sustitución, sino ampliando sus extremos generacionales. Desde 2018, la ocupación de las personas de 55 años y más ha crecido un 52,8%, hasta los 4,9 millones, mientras que la de los menores de 30 años ha aumentado un 33,2%, hasta los 3,6 millones. En ambos casos, muy por encima del crecimiento total del empleo, situado en el 18,1%.
El mercado laboral es intergeneracional. Creo que el problema es otro: estamos usando las generaciones como explicación antes de haber hecho suficientes preguntas.
Y hay señales que deberíamos mirar con más cuidado. La AIReF ha advertido del fuerte crecimiento de las bajas laborales vinculadas a la salud mental, especialmente entre trabajadores jóvenes.
Y para eso, creo que hace falta más análisis cualitativo. Más escucha. Más investigación. Menos estereotipo. Bien lo decía mi compañera Aina Molina en estos días: “La sociología no tiene un problema de valor. Tiene un problema de visibilidad.” Porque es esta ciencia la que nos ayuda a entender el comportamiento humano.
Desde que participo en investigación social, he entendido que ningún trabajo cuantitativo ni de análisis de datos, puede estar separado del cualitativo, si hablamos de personas y si queremos realmente saber ¿“qué pasa?”
Porque las generaciones pueden ayudar a ordenar una conversación, pero no deberían sustituir la comprensión de las personas. El problema no es hablar de generaciones. El problema es usarlas como respuesta antes de haber hecho las preguntas necesarias.
