
Mi cabeza estos días es una amalgama de pensamientos derretidos por el calor. Se mezclan la tristeza por las noticias que llegan desde Venezuela, las conversaciones que llevo tiempo posponiendo, las personas con las que quiero seguir compartiendo el camino y esa sensación, tan sevillana para mí desde que vivo aquí, de que septiembre siempre acaba pareciéndose más a un comienzo que a una continuación.
Con el tiempo he descubierto que, para mí, el año tiene dos comienzos. El primero es enero, como para casi todo el mundo. El segundo llega después del verano.
No sé si será porque Sevilla parece detenerse durante unas semanas, porque el ritmo cambia o porque agosto nos obliga, queramos o no, a bajar la velocidad. Pero siempre tengo la sensación de que septiembre llega con ese mensaje del GPS cuando decides cambiar de camino: “recalculando”.
No siento que empiece una vida nueva, ni que haya que hacer una lista interminable de propósitos. Más bien es un momento para comprobar si el rumbo que marqué en enero sigue teniendo sentido o si, después de todo lo vivido, merece algún ajuste.
Quizá por eso estos días me he sorprendido pensando menos en los proyectos que quiero hacer y más en las personas con las que quiero compartirlos. Con el tiempo me he dado cuenta de que admiro cada vez menos a quien parece tener siempre la respuesta y mucho más a quien es capaz de decir una verdad incómoda antes que una mentira amable, de reconocer un error sin buscar culpables, de hacer una pregunta cuando no sabe antes que fingir que lo sabe todo... y de conseguir que quienes le rodean piensen un poco mejor.
He pensado en qué es lo que realmente valoro y, me ha llamado la atención que ninguna de las respuestas tenga que ver con el conocimiento técnico. Pienso en las personas capaces de mantener conversaciones difíciles con respeto, en quienes tienen la honestidad de decir que algo no funciona antes de que sea demasiado tarde, en quienes preguntan cómo estás con un interés sincero y en quienes entienden que detrás de cada profesional hay una persona que también está viviendo su propia historia.
Dentro de unas semanas volveremos a las reuniones, a los plazos y a los nuevos proyectos. Yo también lo haré. Pero me gustaría llegar a septiembre con la sensación de haber recalculado el rumbo, no solo la agenda.
Quizá agosto no sirva para tomar grandes decisiones. Quizá solo sirva para dejar que todos esos pensamientos, aparentemente desordenados, terminen encontrando su sitio. Durante ese tiempo parece que no pasa nada. Quizá no sirva para empezar de nuevo. Quizá solo sirva para recalcular. Y, este año, siento que eso ya es suficiente.
